Curso preparatorio 6

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”(Jn. 1,14)

Esta obra Entronizadora también tiene como fin ayudar al fundamento sentado por los esposos en aquél “si quiero” que mutuamente se han dado el día de su matrimonio.

“¿Cuál es esta misión para la cual los esposos son como consagrados por el sacramento del matrimonio? La podemos entender con una reflexión muy sencilla. Cuando recitamos el Credo decimos: “Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador…”. Si aplicamos eso a nosotros mismos y nos preguntamos con toda seriedad: “¿Y yo, cuándo he sido creado?”, respondemos necesariamente: en el momento en que he sido concebido en el seno de mi madre. Mi alma ha sido creada en el mismo momento en que he sido concebido; hay pues dos actos que han tenido concurrencia en el momento en que yo, como todo ser humano, he empezado a ser: un acto humano (el de mis padres) y un acto divino. Sin el primero no se da el segundo, porque así ha dispuesto Dios las cosas. Ésta es, pues, la misión fundamental para la cual son llamados los esposos: cooperar con el amor de Dios Creador de la vida. Los esposos, de alguna manera, son destinados por el sacramento del matrimonio para ser “ministros” de Dios creador, de manera análoga a los sacerdotes que son consagrados por Dios para ser ministros de Dios redentor: … Dios es el redentor… pero redime ministerialmente a través del sacerdote. … Dios es el creador… pero crea ministerialmente a través (o mejor dicho, conjuntamente) con los esposos. Porque no se crea un alma (tarea exclusiva de Dios) si no es para ser infundida en un cuerpo y en el mismo instante en que ese cuerpo comienza a existir… y no comienza a existir un cuerpo (recibiendo en el mismo instante el alma) sin el acto humano de la unión conyugal”[1]. ¡Vaya hermosura de la vocación de los esposos!

Sin embargo, hoy esto es atacado desde distintos frentes, sea divorcio, matrimonios antinaturales, métodos anticonceptivos o abortivos, etc. Los matrimonios fundados en el Señor son atropellados por distintos vientos de crueldad particular. ¡Esa es la obra del demonio, destruir las familias para luego destruir la sociedad, y consecuentemente, perder las almas en el fuego eterno que él ya se ha ganado con sus pecados!

Al respecto decía el Papa Benedicto XV: “pretenden muchos pervertir en público y en privado, la disciplina de costumbre que a la Iglesia debe su origen y perfeccionamiento, a la vez que volver a la sociedad humana a la mísera condición de los paganos, borrando paulatinamente en ella hasta el menor vestigio de sabiduría y cristiana honestidad; a ello dirigen sus esfuerzos, que plegue a Dios sean ineficaces. Más para los hombres malvados, el principal blanco de sus ataques lo constituye la sociedad doméstica”[2]. Y es por esto que alentará al P. Crawley en la obra entronizadora diciendo: “Bien haces, pues, amado hijo, en tomar la defensa de la sociedad humana, al introducir y fomentar el espíritu cristiano en el hogar doméstico, estableciendo la caridad de Jesucristo como reina y señora en el seno de la familia… Adelante, pues, hijo querido, esfuérzate en avivar las llamas del mayor amor al Sacratísimo Corazón de Jesús en los hogares domésticos”[3]. Por esto, presentemos batalla, destruyamos sus planes funestos, restauremos nuestro mundo en el Dios del amor, en Jesucristo, el Señor, el único que nos da la vida verdadera. La victoria es de Él, no perdamos el tiempo, seamos ya todos de Jesús, para que Jesús nos lleve a todos a su Reino de felicidad eterna. Allí todo dolor y pena afrontado en este mundo quedará obsoleto, opaco ante la alegría del Paraíso eterno. Allí veremos que ha valido la pena jugarse por la familia; transformarla en verdadera iglesia doméstica, santuario sagrado de la vida. Allí reinaremos con Él, el Sagrado Corazón de Jesús, Dios bendito, por los siglos sin fin. Sólo a Él sea la gloria, el honor y la entrega total. ¡Viva el Sagrado Corazón! ¡Vivan las familias que a Él pertenecen!

Para concluir, a modo de ejemplo de cómo debe estar entregada el alma que decide hacer al Sagrado Corazón Rey de su hogar un sencillo relato que alguna vez encontré por ahí: “Un niño miraba a su abuelo mientras escribía una carta y, cuando no pudo contener la curiosidad por más tiempo, le preguntó:

– ¿Estás escribiendo una historia que nos pasó a los dos? ¿Es, quizá, una historia sobre mí?

El abuelo dejó de escribir, sonrió y le dijo a su nieto:

– Estoy escribiendo sobre ti, es cierto. Sin embargo, más importante que las palabras es el lápiz que estoy usando para escribirlas. Me gustaría que tú fueses como él cuando crezcas.

El niño miró el lápiz, intrigado, y no vio nada de especial.

– ¡Pero si es igual a todos los lápices que he visto en mi vida!

– Todo depende del modo en que mires las cosas. En él hay cinco cualidades que, si consigues mantenerlas, harán de ti una persona feliz y en paz con el mundo:

Primera cualidad: puedes hacer grandes cosas, pero nunca olvides que existe una mano que guía tus pasos. Esa mano es la mano de Dios, que siempre te conducirá en la dirección correcta.

Segunda: de vez en cuando hace falta dejar de escribir y usar el sacapuntas. Eso hace que el lápiz sufra un poco, pero al final está más afilado. Por lo tanto, debes ser capaz de soportar algunos dolores, porque te harán una mejor persona.

Tercera: el lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar aquello que está mal. Entiende que corregir algo que hemos hecho no es necesariamente algo malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.

Cuarta: lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior, sino el grafito que hay dentro. Por lo tanto, cuida siempre de lo que sucede en tu interior.

Y finalmente, la quinta cualidad: el lápiz siempre deja una marca. De la misma manera, has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará trazos, por tanto, siempre intenta ser consciente de cada acción que realices”.

[1] R. P. Miguel Ángel Fuentes, Matrimonio cristiano, natalidad y anticoncepción, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael, 2009, pág. 29-30.

[2] Benedicto XV, carta al R.P. Mateo Crawley sobre la Entronización del Sagrado Corazón en los hogares católicos, Roma, 27 de abril de 1915.

[3] Idem.

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