Curso preparatorio 4

El sufrimiento del siervo del Sagrado Corazón

  1. El sufrimiento en la Sagrada Escritura

El dolor es una realidad que ingresó al mundo por el pecado. Consiguientemente los primeros en experimentarlo fueron Adán y Eva. Para ellos el descubrimiento de esta realidad fue algo progresivo:

Primeramente lo experimentaron mezclado de gozo, por ejemplo, cuando Adán trabajaba sufría, pero gozaba de los frutos de su trabajo, o cuando Eva tuvo los hijos sufrió, pero un dolor que traía con él la alegría de ser madre. Propiamente lo experimentaron, con todo lo que implica, el día en que caminando por el jardín, encontraron a su hijo menor, el consentido tal vez, tirado en el suelo, muerto a golpes por la mano de su mismo hermano. Allí sintieron plenamente lo que es la realidad del dolor. Desde ahí el dolor se extendió a todo el mundo, sin un sentido, sin un por qué.

Claramente nos ha manifestado esto Job, quien cargado de sufrimiento luego de haberlo perdido todo, desbordado por la magnitud de sus penas, llega a exclamar: “¡Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: ‘Un varón ha sido concebido!’ El día aquel hágase tinieblas, no lo requiera Dios desde lo alto, ni brille sobre él la luz. Lo reclamen tinieblas y sombras, un nublado se cierna sobre él, lo estremezca un eclipse. Sí, la oscuridad de él se apodere, no se añada a los días del año, ni entre en la cuenta de los meses. Y aquella noche hágase inerte, impenetrable a los clamores de alegría. Maldíganla los que maldicen el día, los dispuestos a despertar a Leviatán. Sean tinieblas las estrellas de su aurora, la luz espere en vano, y no vea los párpados del alba. Porque no me cerró las puertas del vientre donde estaba, ni ocultó a mis ojos el dolor. ¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre? ¿Por qué me acogieron dos rodillas? ¿por qué hubo dos pechos para que mamara?” … “¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro, a los que se alegran ante el túmulo y exultan cuando alcanzan la tumba, a un hombre que ve cerrado su camino, y a quien Dios tiene cercado? Como alimento viene mi suspiro, como el agua se derraman mis lamentos. Porque si de algo tengo miedo, me acaece, y me sucede lo que temo. No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo: turbación es lo que llega”[1].

Con breve claridad nos lo manifiesta también Tobit ante las calumnias y enfermedades que le han sobrevenido inculpablemente: “Trátame ahora como mejor te parezca; retírame el aliento de vida, para que yo desaparezca de la tierra y quede reducido a polvo. Más me vale morir que vivir, porque he escuchado reproches injustos y estoy agobiado por la tristeza. Líbrame Señor de tanta opresión, déjame partir hacia la morada eterna…”[2]

Por su parte el libro de las Lamentaciones dice de la ciudad santa desolada lo siguiente: “Pasa la noche llorando, las lágrimas corren por sus mejillas. No hay nadie que la consuele entre todos los que la amaban; todos sus amigos la han traicionado, se han convertido en enemigos”[3].

Uno de los exponentes máximos que la Escritura presenta es la Santísima Virgen, quien sufre al pie de la cruz. Es el sufrimiento de un justo, de un inocente. Ella está íntimamente unida a Cristo, por eso ella sufre con paciencia, sufre por los pecadores, y en representación de ellos. María sufre por nosotros. Al igual que Cristo ella asumió la pena del pecado, y al hacerlo experimenta el pecado sin la mancha, sus consecuencias dolorosas. Estaba ella con fe, firme, de pie, esperando, sufriendo el más acervo y sereno dolor. Estaba como contemplativa, conservando todo en su corazón. Estaba unida al misterio de Cristo, compartiendo su cruz, su altar, su dolor, su inmolación, su victimación. Sólo uno y todo uno, porque cuando dos se aman ya no son dos, sino sólo uno. Ella sabía amar, pues el dolor es un acto sublime de amor, cuando es sufrido por el que se ama.

¿Cuál es la causa de que la Santísima Virgen sufra de un modo tan diferente al modo en que lo hacían los antiguos? La respuesta es simple, se la ha dado su hijo, colgado de la cruz. Ella aprende de Él el modo de sobrellevar el dolor, del Corazón que de a poco se va deteniendo, hasta abrirse y darse todo por los que ama.

  1. El sufrimiento del cristiano

Para el cristiano el dolor es una realidad salvífica, pues tiene dos aspectos: Primero un carácter de expiación, ya que la teología ve a la humanidad como un cuerpo viviente, dado que hay una misma naturaleza y un mismo fin. Y así, como en el cuerpo todos los miembros sufren cuando uno sufre, así también la humanidad toda padece cuando un miembro peca. En esta misma línea cuando un hombre hace el bien, por la comunión de los santos, ese bien repercute en toda la Iglesia; y del mismo modo, cuando se peca, por más secreto que sea el pecado repercute para mal en todos los miembros del mismo cuerpo. Esto justifica que el dolor no sea vivido sólo por los pecadores, sino también por los inocentes. En razón de esto San Juan Bosco sostenía: “Es un gran error creer que la penitencia tienen que practicarla únicamente los pecadores”[4]. De este modo, mientras haya pecado habrá también sufrimiento y dolor. Al respecto comenta el P. Carlos Buela: “’Quiero hacerte eco de todos mis dolores, eco de todos mis amores’. Repite lo mismo a cada alma consagrada el dulce Esposo, Jesucristo. ¡También a ti te lo repite de mil formas! ¡Aunque hayas perdido mucho tiempo! ¡Aunque todavía te sientas enredada con cosas del mundo! ¡Aunque te parezca imposible adelantar en el camino de la santidad! ¡Aunque lo hayas intentado un millón de veces sin éxito!”[5].

Sírvanos como ejemplo la siguiente historia que relata el P. Mateo Crawley: “El hecho que voy a referir ocurrió en plena guerra. Recibe un día la madre, mujer admirable de fe, un telegrama oficial en que se le da parte de la muerte en el campo de batalla del hijo mayor. Le da un vuelco el corazón dentro del pecho; pero, dominando los sollozos, corre al salón y coloca a los pies del Rey de Amor el telegrama…, y luego, con serenidad, llama a sus pequeñitos y a la servidumbre y hace arreglar el trono del Divino Corazón. Ella misma ayuda a colocar ramos de flores, candelabros… Cuando el altar está ya resplandeciente, pide a todos canten con ella, y ella empieza. Después del cántico: ‘Conmigo, dice, recemos todos el Credo’. Y en seguida el acto solemne de Consagración. Sólo entonces, cuando el hogar ha presentado armas al Rey, que acaba de hacer acto sensible de presencia en ese gran dolor, la señora toma el telegrama y lo lee a los hermanitos: ‘Vuestro hermano, dice sollozando, ha partido al cielo entre los brazos de este Rey… Hágase su voluntad. ¡Viva su Sagrado Corazón! ¡Venga a nos su reino!’. Entonces, sí, sollozan todos, pero en paz, entre los brazos de Jesús, sobre su Corazón… ¡Este no es dolor de carne y sangre, éste es dolor glorioso y meritorio, esto es sufrir amando!”[6].

En segundo lugar el dolor se da en todos por tener un carácter reparatorio. Al respecto dice San Claudio de la Colombière: “¿Pero queréis estar persuadidos que en todo lo que Dios permite, en todo lo que os sucede, sólo se persigue vuestro verdadero interés, vuestra verdadera dicha eterna? Reflexionad un poco en todo lo que ha hecho por vosotros. Ahora estáis en la aflicción; pensad que el autor de ella, es el mismo que ha querido pasar toda su vida en dolores para ahorraros los eternos; que es el mismo que tiene su ángel a vuestro lado, velando bajo su mandato en todos vuestros caminos y aplicándose a apartar todo lo que podría herir vuestro cuerpo o mancillar vuestra alma; pensad que el que os ata a esta pena es el mismo que en nuestros altares no cesa de rogar y de sacrificarse mil veces al día para expiar vuestros crímenes y para apaciguar la cólera de su Padre a medida que le irritáis; que es el que viene a vosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía, el que no tiene mayor placer, que el de conversar con vosotros y el de unirse a vosotros. Tras estas pruebas de amor, ¡qué ingratitud más grande desconfiar de Él, dudar sobre si nos visita para hacernos bien o para perjudicarnos!;¡Pero me hiere cruelmente, hace pesar su mano sobre mí!; ¿Qué habéis de temer de una mano que ha sido perforada, que se ha dejado clavar a la cruz por vosotros?;¡Me hace caminar por un camino espinoso!; ¿Si no hay otro para ir al cielo, desgraciados seréis, si preferís perecer para siempre antes que sufrir por un tiempo! ¿No es éste el mismo camino que ha seguido antes que vosotros y por amor vuestro? ¿Habéis encontrado alguna espina que no haya señalado, que no haya teñido con su sangre? ¡Me presenta un cáliz lleno de amargura! Sí, pero pensad que es vuestro divino Redentor quien os lo presenta; amándoos tanto como lo hace, ¿podría tratarnos con rigor si no tuviera una extraordinaria utilidad o una urgente necesidad? Tal vez habéis oído hablar del príncipe que prefirió exponerse a ser envenenado antes que rechazar el brebaje que su médico le había ordenado beber, porque había reconocido siempre en este médico mucha fidelidad y mucha afección a su persona. Y nosotros, cristianos, ¡rechazaremos el cáliz que nos ha preparado nuestro divino Maestro, osaremos ultrajarle hasta ese punto! Os suplico que no olvidéis esta reflexión; si no me equivoco, basta para hacernos amar las disposiciones de la voluntad divina por molestas que nos parezcan. Además, éste es el medio de asegurar infaliblemente nuestra dicha incluso desde esta vida”[7].

El dolor puede ser salvífico, pues así como Cristo sufriendo nos redimió, así nosotros, partícipes de su naturaleza humana, podemos salvar a otros mediante nuestros sufrimientos.

Por este medio explicamos que el dolor no es una realidad trágica ya, sino que es un medio para salvar hermanos y unirnos al Sagrado Corazón abierto del Señor.

Esto lleva al P. Mateo Crawley a exclamar: “¡Cuántos Hospitales y Orfanatos y Asilos cuentan con nada menos que los enfermos, las enfermeras y los asilados! Con frecuencia estas almas son oro bruñido, admirables de generosidad en el sacrificio. Todo depende del fervor de los Directores, de esos establecimientos de misericordia. He visto en muchos de ellos maravillas de piedad y de penitencia. Y no es, por cierto, el menor beneficio de este apostolado del Sagrado Corazón en esas casas del dolor, el enseñarles el sublime apostolado de la cruz y del sufrimiento. Esto es: que sepan no sólo arrastrar la cruz de sus enfermedades y penas con resignación, sino que sepan convertirla en gracia y en vida, en precio de salvación para tantos pecadores. Es preciso enseñar a sufrir y a llorar como apóstoles. Una lágrima vertida con amor y ofrecida al Sagrado Corazón puede convertir uno y muchos pecadores. Que no se pierdan inútilmente tantos dolores físicos, tantas agonías morales… Compremos con ese tesoro, y con la Preciosa Sangre del Cáliz, muchos pobrecitos al borde de un abismo; salvémoslos con nuestra cruz”[8].

Este aspecto es difícil de entender y más de aceptar, sobre todo cuando es a uno mismo que le toca. Recuerdo que hace algunos años me quedó gravado a fuego en el alma el ejemplo de Gerardo Pérez. Él, había nacido en San Rafael, transcurrido su infancia en Los Coroneles, y consumado su matrimonio fecundísimo con Silvana, mujer que realmente merece un capítulo aparte.

Un indeseado cáncer de pulmón vino a cambiar repentinamente el proyecto de vida que Gerardo se había elaborado. Todo, desde ese momento, debía ser replanteado en torno al mal que se descubría.

La primera aceptación de la enfermedad fue difícil, no se esperaba algo así en la flor de la juventud. Pero Dios lo quería, y Gerardo lo comprendió rápidamente, adhiriéndose sin titubeos a la incierta voluntad de su Señor. El mismo solía decir hablando de su enfermedad que deseaba seguir viviendo, frase que incluso empapeló su habitación de los últimos tiempos, pero que estaba esperando. ¿Esperando qué? Simplemente que se manifestara lo que Dios quería.

Llegada la hora postrera, cruel sí, en dolores, pero esperanzadora para un alma grande como la suya, se abrazó de Aquel a quien había hecho Señor de su casa: El Sagrado Corazón.

Esta fuente de agua viva fue su guía, sostén y aliciente para correr hasta el final, como dice San Pablo, y ciertamente no quedó descalificado.

La última semana no pudo dormir debido a la incomodidad para conseguir oxígeno, sin embargo el dueño de su vida permaneció fortaleciéndolo ante sus ojos en una pequeña imagen colocada a los pies de su cama. Cada exaltación del aire, tan dificultosamente obtenido, iba cargada de un seguro “en Vos confío”.

La mañana del diecinueve de julio de dos mil nueve el Santo Padre abría solemnemente en Roma el año sacerdotal, concediendo indulgencia plenaria a quienes ofrecieran sus dolores por los sacerdotes. Esa misma mañana lo visitó en su habitación del hospital el P. Héctor Caparrós, quien le anunció este bien que podía hacer. La respuesta no se hizo esperar: “Ofrezco todo por los sacerdotes, en especial por aquellos que me han acompañado en estos momentos”.

Era el día del Sagrado Corazón, un grupo de gente se reunió a rezar en la ermita de la Madre Teresa de Calcuta colocada en la salida oeste de la ciudad.

En su habitación, Gerardo no cesaba de exhalar su “en Vos confío”.

Finalmente la hora de la Misericordia llegó. El reloj marcaba las tres de la tarde y Gerardo volaba al Cielo.

Su enfermedad y muerte fue motivo de gran unión en su familia, de paz sin límite en la muerte, incluso entre sus hijos pequeñitos.

Murió como vivió, a lo grande, como sólo lo pueden hacer los que han tocado lo excelso. Murió como Jesús, ofreciendo sus dolores por el bien de otros. Murió como vivió, como un ejemplo a nuestra frialdad en vivir las exigencias últimas de la religión.

Recordemos el reproche que San Luis de Montfort pone en boca de Jesús rechazado en Cruz: “Ya ves que casi toda la gente me abandona en el camino real de la Cruz. Los idólatras, cegados, se burlan de mi Cruz como de una locura; los judíos, en su obstinación, se escandalizan de ella, como si fuera un objeto de horror; los herejes la destrozan y derriban como cosa despreciable. Pero -y lo digo con lágrimas y con el corazón atravesado de dolor- mis propios hijos, criados a mis pechos e instruidos en mi escuela, los propios miembros míos que he animado con mi espíritu, me han abandonado y despreciado, haciéndose enemigos de mi Cruz. ¿También vosotros queréis marcharos? (Jn 6,67). ¿También vosotros queréis abandonarme, huyendo de mi Cruz, como los mundanos, que son en esto verdaderos anticristos? ¿Es que queréis vosotros, para conformaros con el siglo presente, despreciar la pobreza de mi Cruz, para correr tras las riquezas; evitar el dolor de mi Cruz, para buscar los placeres; odiar las humillaciones de mi Cruz, para ambicionar los honores? En apariencia, tengo yo muchos amigos, que aseguran amarme, pero que, en el fondo, me odian, porque no aman mi Cruz; tengo muchos amigos de mi mesa, y muy pocos de mi Cruz”[9].

Pero los que eligen la cruz del Señor pueden cantar luego, eternamente las glorias del Señor, incluso ya desde esta tierra, dando claras muestras de paz hasta en el último momento. Es este el caso de la vidente del Sagrado Corazón, santa Margarita María: El 8 de octubre de 1690 cayó gravemente enferma y fue obligada a guardar cama. Llamado el doctor Billet dijo que no había gravedad alguna. Ella estaba segura de que iba a morir muy pronto y pidió que le diesen el viático por la mañana del 16 de octubre. Como nadie se persuadía de que estaba en peligro de muerte, no se lo concedieron; pero, como estaba todavía en ayunas, pidió la comunión y la recibió con amor de serafín, pues sabía que era la última comunión de su vida.

El último día se vio atormentada por el temor a los juicios de Dios y con tristes gemidos decía: ¡Misericordia, misericordia! Al poco rato se calmó y exclamó: Cantaré eternamente las misericor­dias del Señor.

Llegando la Superiora, pidió que le diesen la unción de los enfermos y añadió que ya no tenía necesidad de médico, sino sólo de Dios para sumergirse enteramente en el Corazón de Jesús. Llegaron entonces todas las hermanas y rezaron las oraciones de los agonizantes. Antes de morir pidió que rezasen en su presencia las letanías del adorable Corazón de Jesús y las de la Santísima Virgen, y que además invocasen por ella a su santo fundador, a su ángel custodio y a san José, pidiéndoles que la asistieran con su protección.

Mientras le administraban la santa unción, invocando el santísimo nombre de Jesús, murió. Era el martes 17 de octubre de 1690. Entonces apareció mucho más hermosa de lo que fuera en vida. Reflejaba tal blancura su semblante que daba gusto mirarla. Estuvo así hasta las cinco de la mañana y entonces le volvió el color natural, que era algo amarillo.

En definitiva, si sufrimos es porque Jesús sufrió por nosotros.  Cuando Jesús se le aparece a Santa Margarita María, le muestra su Corazón, que está rodeado de espinas, las cuales simbolizan el dolor que experimenta el Sagrado Corazón. Dice Jesús a Santa Margarita: “Todas las noches del jueves al viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a mi Padre, te postrarás con la faz en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores”.

El Sagrado Corazón de Jesús experimentó un verdadero sufrimiento, tan verdadero, como verdadero es el sufrimiento de cualquier ser humano. Sufrió desde el primer instante de su concepción, pues en cuanto Dios sabía, desde ese instante, que debía sufrir la Pasión. El Sagrado Corazón sufrió ya desde antes de empezar a latir, cuando recién se estaba gestando en el vientre de María, por todos los niños que son eliminados antes de nacer. El Sagrado Corazón sufrió de Niño cuando, estando dulcemente reposando en los brazos de su Madre, se le aparecieron los ángeles de Dios, con los instrumentos de la Pasión en sus manos, y se los mostraron al Niño, provocando que éste diera un gemido de temor y girara en busca de su Madre, la cual lo estrechó aún más fuertemente entre sus brazos. El Sagrado Corazón de Jesús sufrió cuando adolescente, al ver cuántos jóvenes se habrían de perder para siempre, atrapados en los falsos placeres del mundo. El Sagrado Corazón sufrió de adulto, ya en la cruz, cuando veía que, a pesar de su sacrificio, muchas almas lo rechazan, internándose voluntariamente en las tinieblas que no tienen fin.

Pero el Sagrado Corazón continúa sufriendo, en el signo de los tiempos, pues su Pasión está en Acto Presente, y lo estará hasta el fin de los tiempos. El Sagrado Corazón continúa sufriendo, con cada pensamiento malo, con cada deseo malo, con cada sentimiento malo consentido, con cada obra mala realizada. El Corazón de Jesús sufre con cada aborto, con cada violencia, con cada robo, con cada mentira, con cada despojo, con cada insulto, con cada sacrilegio, con cada comunión realizada en pecado mortal. El Sagrado Corazón sufre con cada alma que se condena.

En conclusión, quien tiene a Jesús como su Rey y Señor, debe tenerlo también como compañero de penas y sufrimientos, entonces, ya no habrá amargura en esta vida, sino paz; la paz que sólo da el maestro a aquellos que saben imitarlo, de modo que sufriendo no sufran, y padeciendo no padezcan. Consiguientemente este mundo, cruel en cuanto al dolor, dejará para los que estemos en el Corazón divino, de ser un valle de lágrimas, para convertirse en un preludio del paraíso eterno que nos tiene preparado.

[1] Job 3, 1-13. 20-26

[2] Tob. 3, 6.

[3] Lam. 1, 2

[4] San Juan Bosco, Máximas, nº 738.

[5] R.P. Carlos Miguel Buela, IVE, Homilía del 20 de marzo de 2010.

[6] R.P. Mateo Crawley, Jesús Rey de amor, Madrid, 1960, pág. 56-57.

[7] San Claudio de la Colombière, El abandono confiado en la Divina Providencia, I – b.

[8] R.P. Mateo Crawley, Jesús Rey de amor, Madrid, 1960, pág. 128.

[9] San Luis María Grignon de Montfort, Carta circular a los amigos de la cruz, nº 11.

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