Curso preparatorio 2

  • Finalidad general

Con esta obra lo que buscamos no es agregar una más de tantas devocioncillas que suelen ocupar la piedad de los más allegados, sino convertir la sociedad entera desde sus bases mismas, desde su célula básica. A este propósito nos dice el P. Mateo: “Recordad aquel momento de sublime majestad en Getsemaní, el Jueves Santo: se acerca Judas, el amigo infiel, el traidor; tras él vienen los sicarios y verdugos. Preséntase Jesús y les dice: ¿A quién buscáis? Y ellos responden: A Jesús de Nazaret.  Entonces se presenta el Señor, avanza unos pasos y les afirma: ¡Soy Yo! Y caen de espaldas, aterrados, vencidos. Pues así ocurrió en nuestros días: Satán creía ya suya la familia, conquistado el hogar destartalado, batido furiosamente; pero al presentarse en los umbrales para reclamar las llaves se encontró con el Maestro, con el Amo, con el Rey de Amor, que velaba por Nazaret, la fuente de la vida; el Águila Real cubría con sus alas  el nido y los polluelos, Jesús, sentado en el brocal del pozo de Jacob, conversaba con la familia y le decía: Dejadme entrar en la intimidad de vuestra casa. Yo soy la vida. Y el hogar le contestaba: ¡Entra en casa, Señor; entra como Rey, quédate con nosotros!

¿Qué ha ocurrido? ¿Recordáis que Constantino arrolló con el lábaro de la cruz a Majencio? Con el mismo estandarte San Fernando y Juan de Austria dieron a la Iglesia victorias, cuyas felices consecuencias son eco vivo todavía en nuestros días; antes que éstos, Santo Domingo de Guzmán luchó contra los herejes, y con la Cruzada del Rosario batió en brecha a los formidables albigenses. Pues otro tanto ocurre en Europa de algunos años a esta parte. Se ha levantado, en efecto, una Cruzada formidablemente victoriosa, Cruzada que preside el Rey de Amor de la familia, el Corazón  Divino de Jesús, y que, como otro Pentecostés arrollador, viene dominando el huracán sectario, venciendo y humillando con derrota indefectible las huestes que amenazaban ya las puertas de la ciudadela del hogar… Al grito de ¡Viva el Sagrado Corazón! ¡Venga a nos tu Reino!, los apóstoles de esta Cruzada de redención social avanzan enseñoreándose del vasto campo de batalla, trinchera por trinchera, digo, familia por familia, para Jesucristo Rey. Ante todo, el hogar”[1]. Y si él lo decía con tanta seguridad hablando de Europa, con cuánta mayor razón debemos afirmar esto, nosotros desde nuestra América hispana, hija predilecta de la España Grande, Misionera y Católica. No sirve de nada gastar la vida en llantos amargos encima de las huestes perdidas, por el contrario, eso nos hace hundirnos cada vez más en el triste letargo que desde hace tantos años nos tiene adormilados, como niños cobardes que temen a la oscuridad, sí, a una ilusión, pues la oscuridad nos teme en una medida infinitamente mayor, en la que nosotros podemos hacerlo con ella, ya que una pequeña luz, aunque sea la de un fósforo la destruye, así de débil es.

Para entrar de lleno en el tema, podemos decir que la entronización del Sagrado Corazón de Jesús en los hogares es una práctica piadosa tan importante que, si fuera realizada con seriedad, puede regenerar al mundo.

Se comprende. La familia es la primera de las sociedades naturales y, desde varios puntos de vista, es también la más importante. De su desarrollo nacen (por agrupación, división o extensión) las demás sociedades en los más variados ámbitos, hasta llegar a la sociedad suprema, el Estado.

Si la familia estuviere moralmente sana, sería capaz de trasmitir su salud a las otras instituciones. Si estuviere contaminada por cualquier vicio, infectará a todas las otras sociedades que nacen de ella.

La Entronización del Sagrado Corazón de Jesús en los hogares tiene como objetivo, entonces, regenerar, preservar y perfeccionar la célula básica de la sociedad: la familia.

  1. Definición y fin último (objetivo 1)

De acuerdo a todo lo anterior estamos ya en condiciones de definirla diciendo que es “el reconocimiento oficial y social de la Realeza amorosa del Corazón de Jesús en una familia cristiana”[2]: Es un reconocimiento: Es decir una aceptación, un acto libre, deliberado; oficial: Pues es hecho de modo solemne por quien es el jefe del hogar; social: Por ser un acto que reviste implicancias del orden sensible a la comunidad social, ya que, un jefe de derecho en una casa, abdica a favor de otro, que se compromete a conducir a los integrantes de la misma de un modo más seguro al fin supremo de la vida: el Cielo. Así, con un acto de entrega total cumpliremos lo que decía el Beato John Henry Newman: “Dios me ha creado para que cumpla para Él un determinado servicio. Él me ha asignado una tarea que no ha dado a ninguna otra persona. Yo tengo mi misión (puedo no conocerla jamás en esta vida, pero me será revelada en la vida futura), por tanto, debo confiar en Él, en cualquier momento, en cualquier puesto en que yo esté. No puedo echarme atrás. Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle; si sufro, mi sufrimiento puede servirle”[3].

  1. Crear Cristianos comprometidos (objetivo 2)

El segundo objetivo de la Entronización es; despertar en los cristianos el sentido del deber que pesa sobre ellos de llevar el anuncio del Evangelio constantemente a los hermanos, cada cual desde el puesto donde lo colocó Dios, en los oficios que Él ha querido desempeñar, dedicando el tiempo que el Señor ha dispuesto, pero siempre predicando, a tiempo y destiempo, loco por la sed de comunicar a los hermanos, el manantial que él ha encontrado en el pecho del Maestro bueno, el cual paradójicamente suscita en él una sed que quema en lo más profundo de las entrañas, pidiendo almas, comunicación de la Buena Noticia de un Rey crucificado por nuestra salvación. Por esto decía el Santo Padre Benedicto XVI: “La aventura de los apóstoles comienza así, como un encuentro de personas que se abren recíprocamente. Para los discípulos comienza un conocimiento directo del Maestro. Ven donde vive y comienzan a conocerle. No tendrán que ser heraldos de una idea, sino testigos de una persona. Antes de ser enviados a evangelizar, tendrán que «estar» con Jesús (Cf. Marcos 3, 14), estableciendo con él una relación personal. Con este fundamento, la evangelización no es más que un anuncio de lo que se ha experimentado y una invitación a entrar en el misterio de la comunión con Cristo (Cf. 1 Juan 13)”[4].

Quien vive con Jesús sabe que dándolo lo encuentra, y repartiéndolo, más lo posee, pues así ha trazado Él, el plan de la salvación. Quiso de nuestra obra para la propagación del Evangelio, podría haberlo hecho con instrumentos más eficaces, sí, pero por un misterioso designio nos eligió a nosotros, la miseria del mundo, con nuestros pecados y defectos, nada escapó a su elección, pues en lo débil manifestará su poder, capaz de hacer gigantescas basílicas con ladrillos rotos, inservibles a los ojos humanos. ¿No es acaso Cristo la piedra angular del edificio rechazada por los arquitectos? Por lo que decía el Papa Francisco: “Jesús nunca dice: ‘Sígueme’, sin hablar de la misión ¡no! ‘Sígueme y yo te haré esto’. ¡Sígueme, por esto! ‘Si tú quieres ser perfecto, deja todo y sígueme’. Siempre la misión. Nosotros vamos detrás de Jesús para hacer algo concreto. No es un espectáculo ir por el camino de Jesús. Vamos detrás de Él para hacer algo: es la misión”[5].

Por esto quien hace a Jesús Rey de su hogar lo hace caudillo de su vida, y busca en todo imitarlo, andando como Él anduvo, y predicando lo que Él predicó. Ya que, quien no se interesa por la salvación de los demás manifiesta su rechazo a quien dio su vida por redimirlos. ¡Que no se diga eso de nosotros, aprendamos en el día a día, ser apóstoles de este Rey de amor!

Tal vez alguno pregunte cómo hacer esto, a lo que simplemente puedo responder que la imaginación en combinación con la prudencia, el celo apostólico y la fidelidad a la gracia mostrarán cómo, cuándo y cuánto. No hay fórmulas mágicas, pero sí ocasiones. Por mi parte me parece que uno de los medios más conducentes puede ser transformarnos en apóstoles de la gran obra de la Entronización, buscando que nuestro vecino, nuestros familiares o conocidos hagan Rey de su hogar a Jesús, el resto dependerá de Él; no olvidemos que nosotros sólo somos sembradores, no cosechadores, confiemos en aquel que nos dijo; a los que se ocuparan de la salvación de las almas les daría las gracias necesarias para mover los corazones más empedernidos. ¡Confiemos en Él!

Sirva el siguiente ejemplo como botón de muestra: Es el caso de un padre de familia por el que su esposa reza y sufre por verlo convertido… “Oye un día un sermón sobre la Entronización, y para sus adentros se dice: “¡Esta es mi tabla de salvación!”

Pero, ¿cómo hacerla en la casa, siendo él lo que es, un sectario? De repente, una idea feliz cruza su mente. Pronto será el día de su cumpleaños, y tanto él como sus dos hijas se disponen a festejarlo con cariño. Pues aprovechar ocasión tan oportuna con una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón.

Después de haber preparado el ánimo del marido con oraciones fervorosas y sacrificios, la esposa lo aborda y le pide, como prueba de cariño, por el día de su cumpleaños, que ese mismo día se pueda entronizar solemnemente al Corazón de Jesús en la casa. Y con gran sorpresa consiente por darle gusto, pero advirtiendo que él no asistirá… Ya está hecha la primera parte del milagro; pero Jesús no los hace a medias.

Llega el día, se hace la Entronización con mucho amor, con muchas lágrimas; la madre y sus hijitas reclaman el alma del dueño de casa, y prometen, en cambio, amar mucho, mucho, al Amigo fiel de Betania. Al cabo de un largo rato y cuando todo ha terminado, el marido entra por curiosidad en el salón, levanta los ojos, busca el cuadro que le intriga: ¡ahí está radiante de amor, Jesús, el Rey de su casa! Baja la vista como deslumbrado, da unos pasos y vuelve a levantar los ojos… Se siente herido de un flechazo, una emoción lo embarga… Quiere dominar lo que él cree una impresión de nervios, sale del salón, toma el aire: pero atraído por un imán irresistible regresa al salón, y, a pesar suyo, levanta nuevamente los ojos: ¡ahí está Él, dulce y conquistador, ofreciéndole su Corazón!

Se le saltan las lágrimas, está todo él conmovido, corre donde su mujer y atropellando las palabras, le dice: “¿A quién has hecho entrar en esta casa?… Porque, desde hace unas horas, hay alguien en la casa, te lo aseguro… No lo veo, pero lo siento…, hay alguien en casa”.

La madre llama a las dos hijas, se renueva la gran plegaria, y cuando éstas terminan, papá está de rodillas.

Y por la tarde, de regreso de confesarse, Lázaro, resucitado, canta con toda Betania la misericordia del Rey de Amor”[6].

  1. Restauración social (objetivo 3)

Ya hemos dicho que uno de los objetivos de la Entronización es proclamar el reinado de Cristo en la sociedad, este reinado tiene dos características según explicaba Mons. León Kruk: «En primer lugar significa reconocer la divinidad de Jesucristo. Él es el Señor, el Dueño absoluto, indiscutido, de todo lo que existe. En cuanto a nosotros, El pagó el alto precio de su Sangre, de su Vi­da, por nuestra libertad, por nuestra felicidad. Le pertenecemos total­mente. Cuando adquirimos una cosa ella nos pertenece, es nuestra. Así toda nuestra vida, nuestra existencia toda, debe ser de Cristo, de­be ser para Cristo. No nos pertenecemos. Somos suyos.

En segundo lugar el reinado de Cristo trae aparejadas una serie de consecuencias para nuestra vida en el orden de la acción. Más que profesar con los labios hemos de proclamar la realeza de Cristo con las obras, con la irrefutable prueba de los hechos. Su Reino es un “reino de la verdad y de la vida; reino de la santidad y de la gracia; reino de la justicia, del amor y de la paz”»[7].

“Dice la leyenda: Un pequeño rey de Normandía, luego de luchas y alternativas, regresaba de la Cruzada a su reino. Por causa de ayunos y trabajos caminaba con dificultad. En el pecho conservaba aún una herida abierta y sangrante. Dos gruesas lágrimas cayeron de sus ojos al tocar los confines de su reino, pensando en sus queridos súbditos.

En la hora del mediodía era insoportable el calor. Por el camino encontró un hombre portador de un recipiente con agua fresca. ‘Soy tu rey que regresa; dame de beber’. Maravillado el hombre, sin reconocerle contestó villanamente: ‘Tú eres un andrajoso; no conozco a ningún rey’; y continuó su camino sin volver a mirarle.

El pobre rey, entristecido, le vio desaparecer entre la maleza. Luego murmuró: ‘Mañana tú tendrás sed; y no podrás beber en mi reino’. Entre tanto la noche llegó; y el palacio real quedaba aún lejos. De pronto vio dibujada en el camino una franja de luz; era una casa de labriegos. Miró por la puerta entornada.

Sobre la mesa humeaban los alimentos. Un hombre, una mujer y un joven permanecían a su alrededor. El rey tenía hambre y sueño. Detenido en el umbral, suplicó: ‘Buena gente; dad a vuestro rey que viene de lejos, un poco de pan y un poco de pasto seco para dormir’… El marido se levantó blasfemando, lo echó a la oscuridad, cerrando la puerta con llave. El pobre rey, bajo las estrellas, mojando el dedo en su herida sangrante, escribió en la puerta: ‘Non est pax, nec hodie, nec cras: no habrá paz; ni hoy, ni mañana’.

Hacia el alba entró por el portón de la casa real. Casi no la reconoció; no estaba magnífica, ni tan linda como antes. Casi parecía una caballeriza. Oyendo salir voces de la sala, se detuvo y oyó: ‘El rey ha muerto; ya terminó el tiempo de la tiranía. Ordénase que todo el pueblo queme su aborrecida imagen, y use la del mandatario nuevo. Que se realicen grandes fiestas, en las cuales cada uno haga lo que quiera’…

Embargado por la emoción, el pobre rey no pudo detenerse más y empujando la puerta gritó: ‘Queridos súbditos, alegraos; vuestro rey ha vuelto a reinar, para daros la paz y concordia’. Hubo un grito de espanto: nobles y príncipes, apretaron sus puños. ‘Aléjate; no queremos más rey, ya nos manda otro’. Desde ese día en aquel reino comenzaron las rapiñas, las violencias, fraudes, pestes, terremotos y guerras. El nuevo mandatario era muy ambicioso y desleal.

Comprendamos la leyenda: Cristo es el rey de nuestros corazones. Quiere y vuelve para reinar; ay del individuo que no apaga la sed con su amor; experimentará sed eterna en el infierno. Ay de los hogares que no le hospedan; no tendrán paz, ni este mundo, ni en el otro. Ay de las naciones que no respeten sus derechos inviolables; serán agobiadas por desastres físicos y morales. Caerán bajo el yugo tiránico, por no aceptar el del amor”[8].

A este respecto sostenía el Santo Padre Pío XI: “Él es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos. No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad, hacer la felicidad y la fortuna de su patria…

…si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos”[9].

  1. Conclusión

Sinteticemos para finalizar lo expuesto:

  • La Entronización es un acto de reconocimiento oficial y social de la realeza del Corazón de Jesús en una familia Católica.
  • Tiene por fin supremo conducir a los miembros de la sociedad doméstica donde Jesús reina, al fin último de la vida: El Cielo.
  • Busca crear cristianos comprometidos que no tengan reparo alguno en dar su vida por la comunicación del Evangelio de Jesucristo, el único que salva.
  • Una consecuencia lógica de esta obra, presuponiendo la fidelidad de los que declaran a Jesús Rey de su hogar es la Restauración del todo el orden social en Cristo, en otras palabras, hacer de nuestra sociedad una nueva Cristiandad. Porque si Cristo logra ser Rey de los corazones, de las familias, instituciones y de la misma estructura social, en su integridad, entonces ya no tendremos que esperar cielo alguno, pues nuestro cielo ya habrá comenzado en la tierra, dado que, donde Cristo reina, Dios es el centro de todo, y siendo Dios el centro, ¿no es eso el mismo Paraíso?

[1] R.P. Mareo Crawley-Boevery, Segunda Conferencia del Solemne Triduo preparatorio a la Entronización Oficial hecha en España, en el Cerro de los Ángeles por Su Majestad don Alfonso XIII el 30 de mayo de 1919.

[2] Definición dada por el mismo Padre Mateo en “Jesús Rey de amor”.

[3] Miguel Ángel Fuentes, Matrimonio cristiano, natalidad y anticoncepción, Ediciones del Verbo Encarnado, 2009. Pág. 28.

[4] Benedicto XVI, Audiencia general, miércoles, 22 marzo 2006, ZENIT.org

[5] Francisco, Homilía en la Domus Santa Marta, 9 de septiembre de 2013, Aleteia.org

[6] R.P. Mateo Crawley, Jesús Rey de amor, Madrid, 1960, pág. 44-45.

[7] Mons. León Kruk, Mano a mano con el obispo de San Rafael, Ediciones Nihuil, tomo I, Santa Fe, 1988, pág. 40-42.

[8] Rosalio Rey Garrido, Anécdotas y reflexiones, Ed. Don Bosco, Bs. As., 1962, nn° 231-236

[9] Pío XI, Encíclica Quas Prima, nº 6.11-19.34-35, vatican.va.

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