Curso preparatorio 3

Aspectos concretos de la Entronización

  1. Lo importante de la Entronización

Dado lo elevado de la obra de Entronización que hemos emprendido, es necesario tomar ciertas precauciones en orden a asegurar el éxito sobrenatural.

“Uno de los secretos del éxito sobrenatural al hacer la Entronización es el prepararla debidamente y no improvisarla. Recordad, queridos apóstoles, este consejo: Cuando debáis hacer entrar al Rey de Amor en una casa, haced primero de precursores celosos e inteligentes, esto es, preparadle el camino. Así, procurad que la dichosa familia que debe darle hospedaje se dé cuenta de la importancia del acto, a fin de que lo realicen en las debidas condiciones de seriedad y de piedad”[1]. Será de utilidad en este punto hacer una preparación espiritual por los medios ya señalados, como son confesión y preparación mediante charlas o similares; además, es muy recomendable, hacer que Jesús sea invitado a tomar posesión de nuestro hogar mediante súplicas y oraciones en familia. Puede ser una novena al nuevo Rey del hogar.

Ciertamente que no es suficiente toda la preparación exterior para que el hogar se convierta en sede del trono del soberano Señor, sino que, además los ánimos deben estar prontos a la recepción total, en cuerpo y alma.

A Jesús no le interesa ser entronizado en muchos hogares, sino que se lo ame con intensidad, y que esto sea un medio para que su Sagrado Corazón sea centro de los corazones, vida de sus vidas, principio vital de nuestras almas. No es importante el número, sino la calidad; la cantidad, sino el amor.

  1. Sentido de Reparación que reviste la Entronización

En la aparición del 19 de agosto de 1917 Nuestra Señora le pedía a los pastorcitos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificio por los pecadores, que van muchas almas para el infierno por no haber quien se sacrifique por ellas”, a lo cual comenta la Hermana Lucía: “En este pasaje, el mensaje nos pide el apostolado con nuestros hermanos. El apostolado es la continuación de la misión de Cristo sobre la tierra: Debemos ser cooperadores de Cristo en la obra de la redención, en la salvación de las almas. Existe el apostolado de la oración, sobre el cual se ha de asentar todo el restante apostolado, para ser eficaz y fecundo. Está el apostolado del sacrificio: el de aquellos que se inmolan, renunciando a sí mismos por el bien de sus hermanos, y tenemos el apostolado de la caridad, que es la vida de Cristo reproducida en nosotros por nuestra entrega a Dios en servicio del prójimo”.

Todo cristiano está llamado al apostolado, con más razón los que han decidido ser totalmente del Sagrado Corazón. Esto porque el testimonio es un modo privilegiado de reparación, ya que siendo Jesucristo el único salvador por quien podemos ir al Padre: “Porque no hay bajo el cielo otro nombre por el que nosotros debamos salvarnos” (Hc. 4,12), con este servicio calmamos el dolor producido por la mísera realidad de tantos que no le aman ni conocen. Repara su dolor porque el apóstol demuestra que no se avergüenza del Evangelio. Con su obra los hombres se acercan a Dios, y encuentran el tesoro inagotable de su misericordia, esparciéndose su gracia en las almas. Y así nos repite a nosotros aquello que dijo a Santa Margarita: “Mi divino Corazón está tan apasionado de amor a los hombres, en particular hacia ti, que, pudiendo contener Él las llamas de su ardiente caridad, es necesario que las derrame valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo”. Además Jesús confiesa querer el testimonio de sus devotos en sus promesas, así dice en la décima: “Otorgaré a aquellos que se ocupan de la Salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos”, y en la siguiente prosigue: “Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción”; de modo similar lo hace la Santísima Virgen en la séptima promesa hecha a los devotos de sus dolores: “He conseguido de mi divino Hijo, que los que propaguen esta devoción, sean trasladados de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, mi Hijo y yo seremos su eterna consolación y alegría”.

Así todos los fieles deben y suelen mostrarse dispuestos a encarar la obra de la evangelización. Sin embargo, muchas veces se presentan terribles trabas: Una por parte del auditorio, que no tiene las disposiciones que se requieren para oír como es debido la santa palabra de Dios y hacer de ella el debido uso. Otra por parte de los predicadores, que se entrometen en este divino ministerio sin una verdadera vocación de Dios, no dándose a Él sino por un espíritu de ambición o de interés, o por cualquier otro motivo humano o terreno.

Sobre esto da algunos consejos el P. Mateo Crawley: “Y es primero: multiplicar, dentro del mejor elemento católico, los apóstoles del Sagrado Corazón. Son tantos los mensajeros de la iniquidad, los sembradores del error y de la inmoralidad, que es de necesidad urgente fortificar nuestras posiciones mediante el celo de grandes y abnegados apóstoles del Amor. Y en primer término conquistad para nuestra cruzada la cooperación valiosísima de las Comunidades religiosas… Hagámosles comprender que, por su propio interés, deberían ingresar en la falange de los apóstoles del Sagrado Corazón para atraer sobre esos Conventos y sus obras las bendiciones incomparables prometidas por el Divino Corazón. Y la primera y la más importante es: La santificación de las almas consagradas. ¡Que siembren fuego y atraerán lluvia de fuego divino!”[2].

“En 1906 un espantoso temblor de tierra destruyó casi por entero la floreciente y rica ciudad de San Francisco de California, situada en la costa Oeste de los Estados Unidos. La ciudad quedó tan mal arada, que fueron poquísimas las casas que permanecieron en pie, pues las que no derribó el terremoto, fueron luego destruidas por el fuego. Por singular prodigio, un convento de religiosas, situado en la calle de Franklin, número 925, no sufrió el menor daño, suceso que maravilló a cuantos lo vieron. En la santa casa, bajo la dirección de la Madre Superiora, que se llamaba Germana, moraban 22 religiosas del Sagrado Corazón de Jesús y se ocupaban de la educación de señoritas. Cuando el terremoto, mientras la mayoría de las gentes corrían azoradas de un lado para otro, sin dar con lugar que pareciese seguro, las religiosas de aquel convento se dirigieron a la capilla, y, puestas de hinojos ante el Sagrado Corazón de Jesús, le rogaron con toda el alma que quisiese socorrerlas en tan apurado trance. Mientras en la calle los clamores de terror y angustia eran ensordecedores, aquellas buenas mujeres, confiando en la clemencia del Dios que gobierna el Cielo y la Tierra, salmodiaban impasibles la letanía del Sagrado Corazón de Jesús. Entre tanto, el convento había quedado envuelto en un torbellino de fuego y humareda; entre las llamas gigantescas no se divisaba ni la cúspide de la torre del campanario. Todos los espectadores creyeron firmemente que el convento era pasto de las llamas y que ni uno de sus habitantes saldría con vida. Cuando amainó el incendio y se disipó la humareda, se vio al convento intacto y entero, con gran maravilla de todos. Ni una casa quedó entera por aquellos contornos; entre tanta devastación, sólo aquel convento se erguía, como si hubiese sido de materia incombustible y resistente a la furia de todos los elementos desencadenados. A pesar del fuego, ni una ventana sufrió deterioro, ni en parte alguna del edificio se veía señales de las llamas o del humo”[3].

Por esto todo aquél que se considere devoto del Sagrado Corazón debe preguntarse ¿cuánto, con quiénes, y cómo hace apostolado?, ya que por las obras se muestra la fe, el amor; pues amor con amor se paga, y ciertamente su amor es del todo particular hacia nosotros, pues nadie puede negar, nadie, que su amor es el mayor, ya que es un amor que da la vida por quienes ama; en otras palabras, es un amor muerto, crucificado y resucitado por el nuestro.

Otro ejemplo histórico de su amor: Un monje de la Orden de San Basilio, sabio en las cosas del mundo, pero no en las cosas de la fe, pasaba un tiempo de prueba contra la fe. Dudaba de la presencia real de Nuestro Señor Jesús en la Eucaristía. Oraba constantemente para librarse de esas dudas por miedo de perder su vocación. Sufría día tras día la duda. ¿Está Jesús realmente y substancialmente presente en la Eucaristía? Dudaba sobre el misterio de la transubstanciación. Su sacerdocio se convirtió en una rutina y se destruía poco a poco. Especialmente la celebración de la Santa Misa se convirtió en una rutina más, un trabajo más.

La situación en el mundo no le ayudó a fortalecer su fe. Había muchas herejías surgiendo durante esta época. Sacerdotes y obispos eran víctimas de esas herejías, las cuales estaban infestando a la Iglesia por todas partes. Algunas de estas herejías negaban la presencia real de nuestro Señor en la Eucaristía. El sacerdote no podía levantarse de esta oscuridad que envolvía su corazón. Cada vez estaba más convencido, por la lógica humana, de esas herejías.

Una mañana del año 700, mientras celebraba la Santa Misa, estaba siendo atacado fuertemente por la duda y después de haber pronunciado las solemnes palabras de la consagración, vio como la Santa Hostia se convirtió en un círculo de carne y el vino en sangre visible. Estaba ante un fenómeno sobrenatural visible, que lo hizo temblar y comenzó a llorar incontrolablemente de gozo y agradecimiento.

Estuvo parado por un largo rato, de espaldas a los fieles, como era la Misa en ese tiempo. Después se volteó despacio hacia ellos, diciéndoles: ¡Oh, afortunados testigos a quienes el Santísimo Dios, para destruir mi falta de fe, ha querido revelarse Él mismo en este Bendito Sacramento y hacerse visible ante nuestros ojos! Vengan, hermanos y maravíllense ante nuestro Dios tan cerca de nosotros. Contemplen la Carne y la Sangre de Nuestro Amado Cristo.

Las personas se apresuraron a ir al altar y, al presenciar el milagro, empezaron a clamar, pidiendo perdón y misericordia. Otras empezaron a darse golpes de pecho, confesando sus pecados, declarándose indignas de presenciar tal milagro.

Otros se arrodillaban en señal de respeto y gratitud por el regalo que el Señor les había concedido. Todos contaban la historia por toda la ciudad y por todos los pueblos circunvecinos.

La carne se mantuvo intacta, pero la sangre se dividió en el cáliz, en 5 partículas de diferentes tamaños y formas irregulares. Los monjes decidieron pesar las partículas y descubren fenómenos particulares sobre el peso de cada una de ellas. Inmediatamente la Hostia y las cinco partículas fueron colocadas en un relicario de marfil.

Como ha sido comprobado, la Hostia que fue milagrosamente convertida en Carne, está compuesta del tejido muscular del corazón humano (miocardio). Nuestro Señor muestra su Corazón Eucarístico, traspasado por los pecados de la humanidad. Corazón que se deja traspasar por amor. Corazón humano y divino, que sufre y ama. De tantas maneras Jesús nos tiene que recordar que está vivo, que su Corazón arde de amor por los hombres, que su Corazón es de carne, con sentimientos, deseos, ansias por salvarnos y que todavía sufre por tantos desprecios, blasfemias e indiferencias de nosotros pecadores.

Su Corazón es fuente abierta de gracia y misericordia. De este Corazón fluyó sangre y agua, símbolo de liberación y purificación para nuestros corazones. Este Milagro Eucarístico de Lanciano nos llama a la reparación, a ser almas de oración constante, en reparación por tantos pecados, por los nuestros y por los del mundo entero.

Parece que Jesús hoy nos dice – (Habrá alguien que tenga compasión de Mí, que viva con amor, que cumpla con virtud y perfección su vocación, para que la Sangre Preciosa de Nuestro Señor no se derrame en vano…)

Este Milagro Eucarístico es un llamado urgente a la conversión, a reflexionar sobre nuestras vidas, pasadas y presentes. A tomar en serio la vida espiritual, y emprender el camino estrecho que nos lleva a la santidad, a la vida de virtud y perfección. Es una llamada de Dios a dejarnos purificar por el crisol del sufrimiento en nuestras vidas.

Además de que es muy significativo que este milagro sucediera en la ciudad llamada por el nombre de Longinos, el que traspasa el corazón de Jesús, y existe otro paralelo con lo que pasó con Longinos: El sacerdote al contemplar el Corazón Eucarístico de Jesús y su sangre, recibió la gracia de la conversión.

Otro detalle importante es que en este milagro eucarístico Jesús permitió ser crucificado de nuevo. Después del milagro, la Hostia fue clavada a un pedazo de madera, para que al secarse no se enrollara como le sucede a la carne. Aquí estaba El otra vez con clavos en Su Cuerpo, clavado a un pedazo de madera.

  1. La preparación y realización del gran acto

Cuenta el P. Mateo Crawley la siguiente historia: “Bendije un día el matrimonio de dos pobrecitos, y me pidieron que entronizase el mismo día al Rey de Amor en… su tugurio: ‘Prometedme, les dije, que trataréis a Jesús como a un Amigo, como si le vierais… Su Corazón os hará felices, a pesar de las penas, que no faltarán’.

Pocos años más tarde viene el pobre joven a llamarme: ‘Mi mujercita se muere’, me dice. En efecto, está ya gravísima, pero en paz, respira una calma deliciosa, inmensa. Y como ella, él. ¡Y se querían tanto! Lo único rico de aquella casita de miseria era el cuadro del Corazón de Jesús que yo les había regalado y entronizado el día de su casamiento.

Después de confesarla, sorprendido al respirar en hora tan amarga una paz del cielo, quiero averiguar lo que allí pasa, y acercándome a la enfermita, que muere en un mísero jergón colocado en la tierra, le digo: ‘A ver, hija mía, dígame con toda verdad antes de irse al cielo, respóndame: ¿Ha sido usted desgraciada en su matrimonio?’.

Abriendo entonces tamaños ojos, con aire de gran sorpresa e incorporándose un tanto, me dice: ‘¡Cómo!, ¿usted que bendijo nuestro matrimonio, y que nos confió ese día al Rey Jesús, que nos lo trajo como un Amigo a esta casita, usted me pregunta si con Él he sido desgraciada?… ¿Desgraciada? ¡Padre…, ni por un segundo! Hemos sufrido, sí; hemos luchado, sí; eso es una cosa, lo inevitable…, pero ¿desgraciados con Jesús, Rey y Amigo de estos pobrecitos, de esta casita? ¡Jamás, jamás!’. Y luego, tomando de la mano al joven marido, le dice: ‘Y tú, ¿qué dices? ¿Has sido desgraciado?’. Y él, sollozando, pero con voz que es casi un cántico del alma, responde: ‘Padre, hemos luchado mucho, ésa es la vida; pero como le dice ella, con Jesús nuestro Amigo hemos sido tan felices, ¡tanto! ¡Él es el Amo, viene a llevársela; pero pronto bajará también por mí, y luego, allá arriba, en el cielo, juntos y felices con Él, como fuimos dichosos con Él en esta casita!…’. Esta sublimidad de ideas y hasta de expresión no necesita glosa alguna. Esos dos pobrecitos habían comprendido y vivido maravillosamente la idea y el espíritu de la Entronización. Hicieron de Jesús en aquel rincón de miseria el Rey y el Amigo inseparable, su Dios y su todo. Estos dos sencillos ignorantes supieron más del Evangelio que muchísimos devotos letrados… En ese tugurio vivieron siempre tres: Jesús y sus dos amigos íntimos”[4].

Es por esto que toda ceremonia que se realice será importante. En orden a esto detallamos algunos aspectos de la preparación para la Entronización que parecen sumamente importantes:

  1. Elíjase una imagen en lo posible rica y artística; no nos podemos conformar con cualquier imagen, ya que siendo el hombre un ser intrínsecamente compuesto por la realidad de su composición cuerpo-alma, tanta más devoción tendrá (materialmente hablando) cuan preciosa y delicada sea la esfinge que se coloca. Por esto no podemos darnos el lujo de tacañerías al conseguir la imagen, recordando que es del mismo Hijo de Dios quien está representado, por ello debe hacerse todo lo posible para que sea lo más digna posible.
  2. Se la debe colocar en lugar de honor de la casa, que conviene sea el más visitado, a la vez que el más cómodo. Désele sitial de honor, el primer puesto, el más honroso de la casa; si hay gran salón, en él.
  3. Es esencial que quienes pidan la Entronización se hallen en estado de Gracia de Dios, pues con este acto se manifiestan las disposiciones interiores, lo contrario sería una hipocresía, ya que se le diría a Jesús en lo exterior: “quiero que seas mi Rey”, pero en lo interior, manifestaríamos el deseo de que se aparte de nuestras vidas. Para lo cual pueden aprovechar para confesarse los miembros en el momento inmediatamente anterior a la entronización, si está presente el sacerdote.
  4. Conviene que sea hecha la ceremonia en el modo más solemne posible; la fe viva y el amor de las almas darán a esta Entronización el carácter de espontaneidad que le corresponde, pues no se trata, por cierto, de una etiqueta ceremoniosa y fría, sino del festejo de Jesús que entra a morar con nosotros. Para esto no se ahorre en incienso y decoración; que las flores embellezcan el trono sagrado, las mejores ropas manifiesten la alegría del nuevo miembro del hogar y la piedad lo reciban como se merece.
  5. Reúnanse en esa hora solemne los padres y los hijos, que nadie falte en el hogar querido; y si se quiere, es muy conveniente invitar a los amigos y allegados que formen la corte y que aprendan una lección de adoración social.
  6. Luego, ahí, ante la imagen, adornada con flores y luces, un sacerdote amigo, posiblemente el párroco, con estola blanca, dirá dos palabras explicando el acto y bendecirá según el Ritual la imagen.
  7. En seguida todos a una voz rezan el Credo, expresión de la fe del hogar que es cristiano, pero que promete conservar vivas las tradiciones católicas de sus antepasados. Siempre de rodillas, dicen todos en coro las oraciones del ceremonial, luego la plegaria dedicada por los ausentes y los fallecidos de la familia y el Acto de Consagración final.
  8. Posteriormente conviene, en presencia del nuevo miembro del hogar realizar algún tipo de festejo, indicando con esto, lo que para nosotros representa lo realizado.

La vida de Reparación con Jesús Rey del hogar

En la vida posterior a la Entronización no se debe olvidar:

  1. La celebración amorosa y solemne de los Primeros Viernes y las prácticas de la Comunión muy frecuente, en espíritu de cumplida reparación, y la de la Hora Santa. Una señora cuenta: “Yo había tenido un embarazo normal en 1952, pero durante el nacimiento del niño ocurrieron algunos problemas. Mi hijo nació con ayuda, luego se me practicó una transfusión de sangre. Pero debido a la emergencia, erraron el tipo de sangre que yo necesitaba. Las consecuencias siguientes eran muy serias: la fiebre alta, las convulsiones y un encogimiento pulmonar, con otros problemas de salud. Incluso un sacerdote fue llamado para darme el santo viático, pero me lo tenía que dar con agua porque yo estaba en muy mala condición. Cuando mis parientes llamaron al sacerdote, y yo me quedé sola, en ese momento, el Padre Pío se me apareció mostrándome sus manos estigmatizadas, y me dijo: ‘¡Yo soy el Padre Pío, usted no se morirá! Ore conmigo un Padre Nuestro y en el futuro usted vendrá a San Giovanni Rotondo para encontrarse conmigo’. El resultado de esta aparición era lo siguiente: Yo iba a morirme algunos minutos antes y yo me ponía de pie y me sentaba algunos minutos después. Cuando mis parientes regresaron a mi cuarto, ellos me encontraron orando. Yo los invité a orar junto conmigo y les dije sobre la visión. Nosotros oramos y mi salud mejoró. Todos los doctores comprendieron que había ocurrido un milagro. Meses después Fui a San Giovanni Rotondo para agradecer al Padre Pío. Al verlo él me extendió su mano para besarla. Y al besarla, agradeciéndole yo sentí el famoso perfume del Padre Pío. Él me dijo: ‘Usted consiguió un milagro; pero usted no tiene que agradecerme. El Sagrado Corazón de Jesús me envió que la rescatara, porque usted se consagró a Su Corazón y usted ha hecho los Nueve Primeros viernes de cada mes’”.
  2. La confesión semanal, en lo posible el día viernes, como acto preclaro de reparación.
  3. Y, en fin, la fiesta, hermosa como ninguna, del Corazón de Jesús; fiesta que celebraréis el mismo viernes con una Comunión muy fervorosa por la mañana. Y por la tarde celebrada como fiesta íntima del hogar. Sobre todo, si hubiera niños, hacedles entrar por los ojos; con caramelos y regalos, la importancia y belleza de esta fiesta de amor. Es preciso que por este medio el Corazón de Jesús llegue a ser, entre los católicos fervorosos, una verdadera tradición de familia. Unid en santo regocijo el altar y el hogar en este viernes, el más santo y hermoso del año. Y en hora oportuna, la familia toda reunida, renovad ante la imagen del Sagrado Corazón el homenaje de la Entronización[5].
  4. Asimismo el día del aniversario de la Entronización (que por esto debe ser hecha en una fecha significativa), festejad en familia a Jesús con una buena confesión, comunión, y renovación de la consagración.

“Mas, ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en los cielos? Respondemos con palabras de San Agustín: ‘Dadme un corazón que ame y sentirá lo que digo’.

Un alma de veras amante de Dios, si mira al tiempo pasado, ve a Jesucristo trabajando, doliente, sufriendo durísimas penas ‘por nosotros los hombres y por nuestra salvación’, tristeza, angustias, oprobios, quebrantado por nuestras culpas (Is 53,5) y sanándonos con sus llagas. De todo lo cual tanto más hondamente se penetran las almas piadosas cuanto más claro ven que los pecados de los hombres en cualquier tiempo cometidos fueron causa de que el Hijo de Dios se entregase a la muerte; y aun ahora esta misma muerte, con sus mismos dolores y tristezas, de nuevo le infieren, ya que cada pecado renueva a su modo la pasión del Señor, conforme a lo del Apóstol: Nuevamente crucifican al Hijo de Dios y le exponen a vituperio (Heb 6,6). Que si a causa también de nuestros pecados futuros, pero previstos, el alma de Cristo Jesús estuvo triste hasta la muerte, sin duda algún consuelo recibiría de nuestra reparación también futura, pero prevista, cuando el ángel del cielo se le apareció para consolar su Corazón oprimido de tristeza y angustias. Aquí, aún podemos y debemos consolar aquel Corazón Sacratísimo, incesantemente ofendido por los pecados y la ingratitud de los hombres, por este modo admirable, pero verdadero; pues alguna vez, como se lee en la sagrada liturgia, el mismo Cristo se queja a sus amigos del desamparo, diciendo por los labios del Salmista: Improperio y miseria esperó mi corazón; y busqué quien compartiera mi tristeza y no la hubo; busqué quien me consolara y no lo hallé (Sl 68,21)”[6].

Dios quiera que nuestra obra de Entronización sea aquel consuelo que el Corazón Divino busca y no consigue.

[1] Mateo Crawley Boevery, Jesús Rey de amor.

[2] Mateo Crawley, Jesús Rey…

[3] Dr. Francisco Spirago, Catecismo en ejemplos, Vol. IV, Ed. Poliglota, 1940.

[4] R.P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor, Aldus S.A., Madrid, 1960, pág. 45-46.

[5] Conf. Mateo Crawley, Jesús Rey…

[6] Fátima, R.P. Carlos Miguel Buela, Ediciones del Verbo Encarnado, San Rafael, 2000, pág. 170.

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