Curso preparatorio 5

Familia y Entronización

  1. ¿Se puede hacer la Entronización en una casa donde haya algún miembro poco fiel?

“Si la esposa y los hijos son de veras cristianos, si en general toda la casa lo es, evidentemente que sí. Es decir, que en esta ocasión, como hace siglos, la fe de Marta y el amor de María obligarán a Jesús a resucitar a Lázaro. Se hace venir, pues, al Señor como Rey y como Médico, y ello no sólo es lícito, sino aconsejable.

Pero con la condición de que el hogar pague en amor el amor que no da el dueño de casa”[1]. Pues los actos de reparación de los que son fieles harán que la oveja extraviada sea prontamente encontrada por el Buen Pastor, quien la conducirá a los pastos tiernos de su Cuerpo en la Eucaristía y a los manantiales de agua que brotan de su amante Corazón abierto. No se debe desconfiar en esto, pues Jesús es el que hace la obra, y si uno pone los medios que están de su parte Él no defrauda, al contrario, es Él mismo quien nos alienta diciéndonos: “Venid a mí”.

Insisto, no se debe negar la Entronización a las casas donde, tal vez, el dueño de hogar es un reo, siempre y cuando no sea un escandaloso público, que, en virtud del hecho social que implica la Entronización produzca un grave escándalo teológico en la comunidad.

Incluso diría que en una casa donde sólo uno de los miembros sea fiel y se entregue del todo generosamente a Jesús, reparando con su testimonio, con su oración, con sus penas diarias, aceptadas o buscadas libremente, obtendrá de Él maravillas y la salvación eterna golpeará con fuerza en la puerta de cada uno de los corazones que habitan aquella casa, haciendo que la barrera infranqueable de la indiferencia o del odio caiga, incluso estrepitosamente, de modo que el hogar que antes era casa de pecado se convierta, por la misericordia de Dios, que mira los esfuerzos de sus hijos con un amor crucificado, en un oasis donde reverdezca el amor a Él y la entrega total a su Sanísima Voluntad.

Cuenta el P. Mateo Crawley: “Oídme: estoy en un salón elegantísimo; sobre el piano de cola está entronizado, en riquísimo marco dorado, una preciosa y artística pintura del Sagrado Corazón. Estoy ante ese Rey de Amor, acompañado únicamente del dueño de casa, todo un personaje. Consintió él que se hiciera la Entronización a ruego de su mujer e hijos; pero él…, hacía cuarenta y tantos años que no practicaba. He ido esa tarde con el objeto de darle un gran asalto; le he pedido me reciba sin decirle, naturalmente, el por qué. Ahí estarnos los tres, es decir, Jesús entre nosotros dos, el sacerdote que habla y el publicano. Interrumpo de repente la conversación común, y le digo:

—Señor, he venido aquí resuelto a no irme sin darle la absolución.

— ¿Cómo dice usted, Padre? ¿La absolución?… —repite él sonriendo, figurándose que hablo en broma…

—Si, señor, la absolución; después, naturalmente, de haberle confesado aquí mismo. Ríe el señor, y me dice:

— ¿Con que viene usted hoy tan decidido? —Y de buena gana vuelve a reír.

— Si, resuelto… Vea usted el retrato de su Rey; esto no puede ser una mentira… Este lábaro significa que Jesús es el único Amo de esta casa, que Él sólo manda… y todos le obedecen…, menos usted… Ea, pues, señor, decídase usted, póngase a mis pies de rodillas, y aquí mismo le confieso y le doy la absolución.

Ya no se ríe el personaje, cambia de tono, se excusa, se defiende…; dice que lo verá, que tal vez un día, que para cosas tan serias es preciso reflexión, tiempo, etc.

— Y si la muerte hubiera de venir esta noche, ¿le diría usted que regrese dentro de un mes, que necesita usted pensarlo y prepararse?… pues no es la muerte, sino la Vida, Jesús, quien viene; ¡ay!, no lo rechace, ¡ea!, de rodillas, señor mío, yo le ayudaré.

Y esto diciendo, le extiendo los brazos, le animo todavía un momento; el señor está pálido, vacila un instante, y luego, vencido por el Rey que está ahí mostrándole su Corazón, cae de rodillas, le abrazo, comienzo el examen de conciencia… Confesión admirable y absolución… Días después toda la familia, la esposa y cinco hijos, con Lázaro resucitado, comulgando juntos, lloraban de alegría”[2].

Muchas veces el puritanismo fariseo de muchos pone trabas a la Entronización del Sagrado Corazón en casas poco fieles, olvidando que Nuestro Señor es quien obra la salvación de las almas, mas a nosotros nos corresponde poner todos los medios a nuestro alcance para obtener de Él tal don. Y más aún, posiblemente nuestro falso celo podría llevarnos a convertirnos en obstáculo a la maravillosa obra que Jesús, desde lo interno, realiza en los corazones. No es a nosotros a quienes corresponde juzgar si aquellos que vienen a pedir la Entronización serán fieles a lo que han prometido en tan solemne acto, pues es Jesús quien escruta los corazones. A nosotros nos toca un juicio benévolo que debe favorecer la Entronización en todo hogar, salvo el caso de la aparición de impedimentos reales y explícitos que harían tal obra contraproducente. Recordemos a Zaqueo, quien no se convirtió viendo pasar a Jesús, sino que tuvo que esperar que este entrara a su hogar para sentir que su corazón ardía. ¿Qué o quién nos asegura que adelante no tenemos a Zaqueo, quien sólo se convertirá teniendo a Jesús en su hogar? ¿Quién nos puede confirmar que la Entronización no será el inicio de un camino, tal vez lento, pero seguro de entrega total a Jesús?

“He venido a salvar, dijo el Maestro, lo que se había perdido”. “No son los que están sanos, sino los enfermos, los que necesitan de médico”. “misericordia quiero y no sacrificio”. “¡Estoy a la puerta y llamo!”.

  1. El Revelador del Corazón de Jesús

El común de los católicos de hoy son hombres y mujeres muy comprometidos (tened en cuenta que con católicos no me refiero al nombre genérico de los bautizados, sino a todos aquellos que habiendo oído el Evangelio lo han acogido en su corazón); pero hay un defecto que reina espantosamente en la mayoría, y es el mal del desconocimiento de la Sagrada Escritura; la falta de lectura de la misma, y peor aún, la falta de meditación, y por tanto de la consiguiente asimilación a la vida cotidiana. El Evangelio es visto como algo antiguo, lejano, y hasta rígido. En contraposición a esta mentalidad errónea el Santo Padre Benedicto XVI nos exhorta: “Cada cristiano está llamado a acoger y a vivir cada día, con alegría y sencillez, la Palabra de verdad que el Señor nos ha comunicado”. Y continúa diciendo: “es fundamental que los cristianos vivan en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos dona en la Sagrada Escritura, leyéndola no como palabra del pasado, sino como Palabra viva, que se dirige hoy a nosotros y nos interpela”[3]. Y el Papa Francisco decía: “Que la Virgen María, modelo de docilidad y obediencia a la Palabra de Dios, les enseñe a acoger plenamente la riqueza inagotable de la Sagrada Escritura no sólo a través de la investigación intelectual, sino en la oración y en toda su vida de creyentes, sobre todo en este Año de la fe, a fin de que su trabajo contribuya a hacer resplandecer la luz de la Sagrada Escritura en el corazón de los fieles”[4].

La Palabra de Dios contiene en sí la solución a todos los males que nos aquejan, y sin embargo, que poco caso que hacemos de ella. ¡Ya no damos más! – clamamos al Señor; y sin embargo, no buscamos el alivio donde debemos: “Venid a mí”. Pues es nuestra negligencia también lo que hoy sigue manteniendo en vigencia aquel reproche que el Señor hizo a Felipe: “Hace ya tanto tiempo que estoy entre vosotros, ¿y todavía no me habéis conocido?”. Más aún, ¿puede ser posible que sigan sabiendo más de la Palabra del Señor los protestantes, que la entienden torcidamente, que nosotros, quienes tenemos la infalible ayuda en su interpretación que nos dan los Santos Padres y el Magisterio de la Santa Iglesia? ¡Que no se diga más eso! ¡Almas que habéis hecho de Jesús el Rey de vuestro hogar, proponeos ser doctores de la Palabra de Dios, leedla en familia, si surgen dudas consultad a los estudiosos, meditadla; mas nunca la dejéis, nunca, no permitáis que el oasis que construís hoy llevando a Jesús a vuestro hogar se convierta en un desierto con una imagen que no ha sido vivificada con las aguas dulces de la Escritura!

Recordad que hay una virtud especial y una gracia secreta en el Evangelio. Tienen sus páginas un encanto, una unción que, con frecuencia, conquistan y seducen, aun a aquéllos que están un poco lejos de la piedad cristiana. “La Palabra de Dios es viva y eficaz” Ninguna literatura, ninguna, ha tenido el privilegio de tocar y conmover e iluminar los corazones como la literatura divina del Evangelio. Pues es literatura divina, jugo de Dios. “Hay en ella un perfume que no es de la tierra y que perciben muchos de aquéllos que, teniendo cierta honradez natural, y sin ser todavía fervientes cristianos, han tenido la fortuna de tomar entre sus manos este libro único.

Volvamos al Evangelio y en él encontraremos diáfana, sencilla, sublime la figura del único que tiene soluciones para todos los problemas de la familia y de la sociedad: ¡JESUCRISTO!”[5].

Y reflexionemos con un texto que hace tiempo vi en la puerta de una iglesia: “¿Qué pasaría si tratáramos a nuestra Biblia (si la tenemos) de la misma forma que tratamos a nuestro celular y siempre la cargáramos en la cartera, en el maletín, en el cinturón o en el bolsillo del traje?

¿Y si le diéramos una hojeada varias veces al día?

¿Y si volviéramos a buscarla cuando nos la olvidamos en casa o en la oficina?

¿Y si la usáramos para enviar mensajes a nuestros amigos?

¿Y si la tratásemos como si no pudiésemos vivir sin ella?

¿Y si la diéramos de regalo a los chicos para su seguridad y para estar comunicados con ellos?

¿Y si echáramos mano a ella en caso de emergencia?

Al contrario del celular, la Biblia nunca se queda sin señal. Nos podemos contactar con ella en cualquier lugar. No precisamos preocuparnos por la falta de crédito, porque Jesús ya pagó la cuenta y sus créditos no tienen fin. Y lo mejor de todo: no se nos cortará la comunicación, y la carga de batería es para toda la vida”.

[1] R.P. Mateo Crawley, Jesús Rey de amor, Madrid, 1960, pág. 76.

[2] R.P. Mateo Crawley, Jesús Rey de amor, Madrid, 1960, pág. 76-77.

[3] Benedicto XVI, Discurso del 30 de septiembre de 2010 en Castelgandolfo.

[4] Discurso del Santo Padre Francisco a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica, 12 de abril de 2013.

[5] R.P. Mateo Crawley, Jesús Rey de amor, Madrid, 1960.

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